Pues eso.
A veces nos sobrecoge el vacío, un vacío sentido, palpable, espeso… muy espeso.
A veces sabemos la razón, a veces no la vemos.
A veces somos responsables de esa ausencia, de ese “laissez faire, laissez passer” en el que quedamos situados como espectadores “sin anima” en la propia administración de nuestros actos.
Algunos podrían sentirse más identificados, o comprender mejor esto tan abstracto que os comento, si hablase de una sensación, de un estado antagonista a esos maravillosos momentos -enteógenos mediante o no- en que todo cobra sentido, un ritmo conjunto, un sentido vital en el que el lugar que ocupamos, sea el que sea, es presentado a nuestro entendimiento y percepción con toda la grandeza y felicidad que brinda el sentirse conectado con un universo vital y maravilloso.
Igual que en esos momentos, la persona que sufre la gracia de tener semejante vivencia, recupera de golpe la mirada de un niño… en sus opuestos se borra el brillo.
No hay día sin noche, calor sin frío, felicidad ni sufrimiento eterno.
¿A qué viene todo esto en un blog sobre drogas y otras delicadezas?
Cuando comencé a escribir aquí no esperaba tanta atención.